Era cerca de medianoche y la totalidad de alumnos que lo rodeaban en el estudio de la calle Cerrito, no pensaban retirarse. La clase había comenzado pasadas las 21.00 y el maestro, como lo llaman a Pérez Celis por falta de nombre y abundante trayectoria, irradiaba satisfacción frente a ellos.
Habían estado observando cuadros de gran tamaño que obligaba al conjunto a retroceder y agruparse contra la pared para verlos en toda su extensión. Pero también, como si fuera una coreografía que cambia sorpresivamente de ritmo, avanzaban con pasos rápidos cuando el maestro tomaba entre sus manos una obra de pequeño formato y descubrían que allí también, independientemente de su tamaño, una sutil vitalidad estaba presente. La contemplación, esta vez, se realizaba lentamente como si la coreografía propusiera una zona silenciosa de íntima resolución...(click para ver texto completo) |