Espacio de Arte AMIA
LOS RETRATOS DE PÉREZ CELIS
 

Era cerca de medianoche y la totalidad de alumnos que lo rodeaban en el estudio de la calle Cerrito, no pensaban retirarse. La clase había comenzado pasadas las 21.00 y el maestro, como lo llaman a Pérez Celis por falta de nombre y abundante trayectoria, irradiaba satisfacción frente a ellos.

Habían estado observando cuadros de gran tamaño que obligaba al conjunto a retroceder y agruparse contra la pared para verlos en toda su extensión. Pero también, como si fuera una coreografía que cambia sorpresivamente de ritmo, avanzaban con pasos rápidos cuando el maestro tomaba entre sus manos una obra de pequeño formato y descubrían que allí también, independientemente de su tamaño, una sutil vitalidad estaba presente. La contemplación, esta vez, se realizaba lentamente como si la coreografía propusiera una zona silenciosa de íntima resolución.

En ese instante surgió la pregunta:

-Maestro, ¿cuándo nos damos cuenta que un cuadro es una obra de arte?

La respuesta llegó rápidamente:

-¿Y a vos alguien te explica qué debes sentir frente al mar?.

Mirar el mar es bañarse en él con los ojos abiertos. Es entrar en una paleta de colores limitados donde azules, verdes y turquesas teñidos por reflejos amarillos y plateados se unen o se alejan, como en un posible cuadro de Pérez Celis. Enseñarles a los alumnos a mirar una obra de arte, es invitarlos a experimentar una actitud oceánica ante la vida. Es incentivar a trabajar la mente y el espíritu desde la propia experiencia, es animarlos a transitar por suaves ondas que por momentos se mueven en la superficie, pero también a luchar contra fuertes tormentas que conducen a la profundidad. Enunciada con seguridad y sencillez la contestación implicó también el resultado de una experiencia cultural cotidiana. Como escribió Julio Cortazar en Rayuela: “No aprendas datos idiotas. Por qué te vas a poner anteojos si no los necesitas?”, Celis se corrió del supuesto saber que se le otorga al artista y obligó a los alumnos a encontrar una respuesta dentro de ellos mismos…porque cada uno tiene su propia vivencia al contemplar el mar!.

La palabra retrato proviene del verbo latino retrahere (copiar), del que deriva también la forma italiana ritratto . Su definición más general dice de la necesidad de representar el rostro de un individuo por medio de técnicas artísticas que establezcan rasgos de verosimilitud para alcanzar lo semejante.

Lejos está Celis de este formal enunciado. Él no trabaja desde una representación naturalista buscando un parecido, no es un arqueólogo que tiene la necesidad de reconocer un territorio. Por el contrario, su pintura trata de desentrañar las particularidades que subyacen entre el carácter y la sensibilidad de los retratados y lo que su memoria conserva de ellos. Para eso deja de lado aspectos inmediatos, presentes en la vida cotidiana y celebra lo permanente. Celis le pone rostro a la vida desafiante, a la que transita por lo no conocido, a la que convive con la angustia de la creación. Para decirlo con pocas palabras, son retratos que no indagan en el parecido, sino en la plenitud de vidas apasionadas. Pueden ser escritores, músicos, pintores, estadistas o científicos, pero no quedan aislados, deambulando en el espacio olímpico de los dioses, sino que están cerca, mezclándose y desplegándose en su mítica como los recuerdos más preciados en un cuarto adolescente.

En sus primeras obras, Celis pintaba el horizonte obligando a elevar la mirada para contemplar la vasta extensión. La presencia del amplio espacio era la clave que simbolizaba la distancia aún antes de comenzar su vida nómade. En aquel momento no lo sabíamos, pero aquella pintura abstracta de grandes dimensiones presagiaba un destino errante, era en esencia la búsqueda de lugares para vivir. Podían ser la llanura pampeana o las montañas del Cuzco, también grandes espacios urbanos como Buenos Aires, París, Nueva York o Miami, pero todos los lugares coincidían en la necesidad de encontrar un sitio universal para asentar su mundo en el mundo.

Por esta razón el retrato de Julio Cortazar está pintado con tanto sentimiento. El rostro juvenil emerge de la noche al absorber la luz con fuerte intensidad. Pequeños manchones blancos se extienden sobre la superficie como si fuera una nevada en París o una nevada fatal en la Buenos Aires del Eternauta. Por extraña coincidencia, el no color con el que está resuelto el cuadro lo emparenta con los grises de ambas ciudades. Sobre el sector derecho del cuadro, una rayuela dibujada por líneas sucesivas se convierte en la metáfora que da sentido a la obra. Es el paralelo entre Celis y Cortazar obligados a saltar por la rayuela hacia un destino de ida y vuelta fijado en París, o en Buenos Aires. Rayuela es el símbolo que suelda obra y vida: salir de la tierra, saltar de casilla en casilla, llegar al cielo y desde allí comenzar el retorno.

Los retratos de Borges y Sábato completan la trilogía de los más importantes escritores argentinos. El rostro de Borges está resuelto dentro de una expresión abierta a la comprensión de las fuerzas ocultas que gobiernan el universo, por el contrario el rostro de Sábato refleja el ensimismamiento, la angustia y el desasosiego por evitar las tinieblas y alcanzar la luz que se vislumbra al final del túnel.

En íntimas conversaciones Celis manifestó su deseo de exponer en Israel. Esta aspiración está presente desde hace muchos años cuando, durante un viaje, visitó las ciudades de Jerusalem y Tel Aviv y tomó contacto con una sociedad abierta a las diferentes identidades culturales. Celis también recuerda su participación juvenil como pintor en el Premio de la Sociedad Hebraica , uno de los estímulos privados más importantes que se realizan en Argentina en el que, tiempo después, fue invitado a participar como jurado.

De una manera tangencial, su imagen acompañó un momento crucial del intercambio argentino-israelí. En ocasión de una visita del Primer Ministro de Israel Simón Perez a la Hebraica , el escenario fue decorado con cortinas de voile de la casa Stilka, diseñadas por Pérez Celis. De esta proximidad nació el retrato de Isaac Rabin. El rostro enérgico en primer plano divide el espacio en dos medios como si fueran la guerra y la paz. En uno predomina la oscuridad, en otro la luz; uno es la penumbra que oculta todo, el otro es la vida acentuada por el color. Un delicado equilibrio se manifiesta en la obra. Por un lado, la zona de máxima oscuridad absorbe la fuente de luz que irradia la paloma blanca; por el otro, el sector coloreado sobre la frente funde sus tonos con los de la bandera de Israel y se proyecta más allá de los límites del cuerpo, hacia el firmamento. El retrato destaca la probidad del líder: la mirada fijada en un punto alto del horizonte, la boca con labios dibujados, entreabierta para conversar y un haz de luz rasante sobre el oído, resalta la necesidad de escuchar. Estos atributos marcaron la personalidad de un dirigente que buscó el camino más corto para firmar la paz entre dos pueblos.

Los rostros del Barón Mauricio de Hirsch y del escritor Alberto Gerchunoff completan la saga judía. Ambos comparten la tela del mismo modo que compartieron los sueños: uno desde la aristocracia y la filantropía, el otro desde la pluma y el chiripá.

Todo artista sueña con pintar un retrato de Van Gogh. La amplitud de su humanismo, su cosmovisión del arte y una obra plena de intensidad cotidiana, lo convierten en una fuente inagotable de emoción.

El retrato de Van Gogh que pintó Pérez Celis lo sitúa con esa máxima expresividad. Allí están presentes tanto el Van Gogh de los comedores de papas como el de las noches estrelladas. El de la visión nocturna del café donde afloran las “ terribles pasiones de los hombres, ” como el que renuncia a las sombras de las cosas pintando paisajes con la cruda luz del mediodía. Y también está el Van Gogh que presiente la muerte cuando Celis pinta un conjunto de cuervos justo donde más duele, en el foco de su mirada.

El mismo carácter le otorga al retrato de Antonio Berni ofreciendo dos posibles interpretaciones: un ojo perfectamente delineado, aludiría a la visión de la realidad a la cual Berni acudía siempre como fuente de inspiración; el otro esbozado con gran síntesis, indicaría la mirada poetizada que nunca abandonó. Realizado dentro del espíritu neo-pop con el que trabajó en sus últimas obras, el rostro de Berni fue pintado con la misma pasión que orientó su vida.

Celis es un artista al que la música conmueve y alimenta sus visiones. El tango en particular lo motiva permanentemente. En el retrato de Astor Piazzolla destaca la concentración y el deleite al momento de ejecutar la pieza. Inclinado su rostro sobre el instrumento, entorna los ojos en un típico gesto de sentida interpretación. Pequeños reflejos de luz se deslizan por el metal que une los frunces del fuelle al desplegarse sobre la tela en toda su extensión.

El retrato de Astor Piazzolla resuelto con una paleta intimista contrasta con la energía que se desprende de las coloraciones puestas en el retrato de Carlos Gardel, a quien Celis sacó del bronce y congeló su imagen como le gusta recordarla al pueblo, en un tiempo de juventud eterna.

Por el contrario, Beethoven está resuelto con toda la fuerza de su personalidad, emplea cambios bruscos de color, fuertes incidencias de la luz y la sombra y una sucesión constante de momentos de tensión y reposo.

Los rostros de Freud, Einstein y Leloir completan el grupo de personalidades con que la pintura homenajea a la Ciencia. Los dos primeros fueron resueltos desde la turbulencia de la fantasía; en cambio el rostro de Leloir, se ajusta más a la proyección reflexiva. Los tres encarnan atributos de utopía y realidad que se conjugan en la vida de los creadores.

Conocedor de los colores que anidan el alma, Celis al pintar su autorretrato, eligió alejarse de las certezas y dejar atrás verdades absolutas. No concentró su visión frente a un espejo como se concibe en un retrato tradicional para que éste le devuelva todos los detalles, sino que se pintó a sí mismo de memoria; no se detuvo en pormenores y priorizó lo que más le interesa: el diálogo directo con el contemplador. Ante su imagen no se sabe quién mira y quién es el mirado.

Los retratos de Pérez Celis sorprenden por la fuerza de su sentido y la transformación de su lenguaje. Sin duda provocará escozor en aquellas personas de mirada agotada, que al no poder contemplar con frescura encasillan su obra dentro de los parámetros clásicos de la abstracción. Por el contrario Celis, con esta exposición, celebra la vida una vez más transitando un nuevo período pleno de vitalidad artística y cultural.

Julio Sapollnik
Lic. en Historia del Arte, Master en Cultura Argentina, becado por Fulbright Comission y The Internacional Council of the Museum of Modern Art of New York. Curador de Exposiciones y Jurado en importantes premios. Fue Director del Palais de Glace.
Es crítico de arte en el periódico “Arte al Día” y en la revista “Arte al Límite” de Chile.
Conduce el programa “Cultura al Día” por el canal Plus Satelital y “La barra de la cultura” por Radio Nacional.
 
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