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Los
años setentas
(...)
Hay tres momentos en mi visión del paisaje argentino:
la etapa telúrica, la del indio, donde aparece una
simbología primitiva que descubre el paisaje pampeano.
La etapa cósmica, la pampa del espacio: ese enorme
cielo estrellado de las noches pampeanas. Por último,
la serie de la luz: el paisaje se ilumina hasta el contraste
de blanco sobre blanco (...).
Hacia
1970 obras como "Al encuentro del camino", "Nuestro
sueño", "Paisaje y resurrección"
o "América: la elección del despertar",
hablan de una visión optimista respecto al futuro del
continente en un momento muy particular de su historia. En
el caso de la Argentina, el retorno a la democracia -tan esperado
desde el Golpe Militar de 1966-, traía en sí
mismo una promesa de recuperación, a pesar de la gravedad
de los conflictos internos. Para muchos, el regreso de Juan
Domingo Perón cifraba la posibilidad de un movimiento
popular "a la argentina". Era la opción
de recuperar una identidad nacional: esta vez, para triunfar.
En medio de este clima se fue asentando un sólido sentimiento
de desconfianza hacia las soluciones culturales provenientes
del exterior. Así, la "teoría de la dependencia",
sostenida desde distintas disciplinas, aseveraba que modernizar
-proceso que había llevado a cabo en parte el desarrollismo-
no era suficiente. Había que ser independiente. Un
entusiasmo "argentinista" sale al encuentro,
entre otras manifestaciones, de la revaloración del
folklore y su actualización en la fusión con
el rock y otras vertientes populares.
La
conclusión de las diversas etapas en la visión
del paisaje llega hacia 1971 con una serie de pinturas de
fuerte tono épico y resolución neofigurativa.
Los ejes compositivos del paisaje se transforman dando cabida
a formas geométricas y juegos ópticos de luz
y colores planos. El espacio representado excede los limites
del lienzo en un impulso de comunicación directa afín
al mural y la gráfica.
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