(Continuación)
Xentenario
 

Boca, La Boca y sus maestros

La cabeza de Quinquela Martín está allí, en primer plano, contemplada desde atrás por el pintor del cuadro. Y allí detrás, nosotros, mirándolos a ambos. El maestro mira un barco con los colores azul y amarillo; o tal vez está mirando un cuadro que sueña y que aún no ha pintado. Y Pérez Celis mira al maestro y a lo que este mira: quizá podría ser un cuadro que él l ha pintado delante de sus ojos y que Quinquela está evaluando.

Uno y otro, ambos artistas, parecen estar en lo alto del taller de La Vuelta de Rocha sobre la margen izquierda del Riachuelo: y nosotros también. Se diría que todo está allí del lado del corazón. A la izquierda. Si, de ese lado sentimental que algunos postergan por puro capricho racional, por descarnado afán de distanciamiento.

Están entonces el barco, la bandera azul y amarilla, el aura del barrio, todo eso abrazándose en esa escena mirada por Quinquela en el instante en que Pérez Celis, muchos años después, cuando ya el viejo se ha mudado a otro espacio de tiempo, vino a encontrarlo in fraganti en su eterna obsesión de pintar la vida desde La Boca.
“El maestro” es un cuadro de triple mirada: la de Quinquela, la de Pérez Celis, la nuestra. Y no sería extraño que detrás de todas esas miradas haya todavía otra más secreta e inasible: la de todos aquellos cuyas almas siguen en el barrio. Ah, el barrio- se dirá- es una geografía vecinal, un modesto atril para inspiraciones y partituras modestas. No es cierto. Porque no existe ningún artista grande que no haya nacido en algún barrio. Nadie nace sobre todo el Universo. Quinquela tampoco, ni Pérez Celis. Y aunque no nacieron en La Boca merecerían haberlo hecho.

El trazo de Pe´rez Celis ya delineó a otros artistas grandes. A Walt Whitman, a Piazzolla, a Van Gogh. Como para mostrar que el dibujo y lo clásico anteceden a su actual ruptura y transgresiones formales. Como un poeta que puede componer un soneto, un poema de verso libre o uno hermético y críptico, él sabe que cualquiera sea su lenguaje será considerado auténtico. Desconoce haber mentido nunca en el arte donde tanto se miente.

Es cierto que Dios no juega a los dados, como decía Einstein. Quien en el mismo año- 1905- en que unos muchachos de barrio creaban un equipo de fútbol a orillas de un riacho sin nenúfares, lanzaba al mundo sus teorías sobre la relatividad del tiempo y del espacio. Desde distintos géneros y genes- Boca a partir de los pies, Einstein con la cabeza- lograron que un mismo siglo, que borró tanto y a tantos, a ellos los haya hecho inolvidables.
Si Dios no juega a los dados no es casual que La Boca haya tenido a Victorica, a Lazzari, a Lacámera y a Mengui ligados a su origen como a un destino de arte inclaudicable. No es casual tampoco que sea un barrio de colores; que Cecilio Madanes haya levantado un teatro al aire libre; que Edmundo D’Amicis recuerde al Riachuelo en su libro “De los Apeninos a los Andes” y que Ernesto Sabato haya elegido al barrio para ubicar escenas memorables de “Sobre héroes y tumbas”. Ni es por azar que haya surgido aquí un músico que compuso un tango de leyenda, que ese tango haya nacido de una calle y que esa calle figure hoy en las guías del mundo ; ni que el estadio de Boca haya contenido el arte del más grande jugador de fútbol y la resonancia acústica del arte coral de la hinchada más grande.

No hay casualidades sin causa. “El azar- decía Novalis- está regido por un orden”. Si es así tal vez se comprenda esta convergencia de seres signados por el barrio y por el arte. Quinquela Martín lo prueba. También Pérez Celis. Tampoco es casual que ambos nombres estén fundidos con esta vecindad boquense. Ni que a los dos los haya tocado esa rara popularidad en un arte que por lo general produce nombres de elite pero pocos que llegan a las masas. Y que por esa razón, injustamente, suelen ser discriminados por aquellos que se creen que el arte es propiedad reservada a ciertos grupos.
Nunca fue La Boca un barrio de inspiración bucólica ni prístina aunque nació inspirando artistas. Ya no con las translúcidas visiones del Sena de Monet, sino con las toscas y primitivas pinturas de los inmigrantes pintores, los macchiaoli, cuyo mejor óleo era el hollín.

Conocí a un pintor calabrés, amigo de mi abuelo, que pintaba acuarelas con ataúdes flotando como barcos y los hacía tan lindos que daba gusto verlos. Quinquela Martín, el pintor que creó el mito del barrio (o al revés, el barrio que creó al pintor mítico) pintó de colores su propio cajón de muerto con el cual fue enterrado. Ese ataúd estuvo varios años esperándolo en la cochería, y mi abuelo italiano me llevaba a verlo como si se tratara de la pieza única de un museo de grandes hallazgos arqueológicos.

Pérez Celis vivió algún tiempo en La Boca, a dos cuadras del estadio en el cual hoy lucen sus murales junto a los del maestro Rómulo Macció. También vivió en Uruguay, Perú, Venezuela, París, Nueva York y ahora en Miami. Durmió en buhardillas, en pensiones y hoteles cinco estrellas, en sofisticados lofts y quién sabe en mansiones. Pero siempre vivió aquí: nunca cerró la puerta detrás suyo. Su pintura es abierta. No se pone fronteras ni de escuelas ni de modas ni de estilos. Pinta jugando ya sea con gambetas, con pases largos, al toque o al contragolpe, porque le gusta el fútbol por lo que tiene de arte. Y no anuncia su posterior jugada: su desafío es la sorpresa. Su pizarrón de táctica y estrategia es su intuición; y su capacidad de ataque, su talento. Produce una pintura abstracta y sin embargo la gente la traduce sin necesidad de un tratado crítico de esos que nadie entiende. Mira sus cuadros y basta. Qué extraña seducción o convencimiento secreto produce este pintor que pinta cuadros complejos no adscriptos a la figura y a la forma previsibles, y que sin embargo la gente no discute ni se plantea como enigma. Es un pintor legionario que , paradójicamente siendo tan viajero, ahonda sus raíces aquí cuanto más viaja.
Y viva donde viva, no importa donde se hospede en Buenos Aires, su raíz más profunda está en La Boca y su raíz más sentimental y más kistch está en la cancha.
Es natural que su pintura celebre el centenario de un club que forma parte de su vida. Esa “X”, que resume el centenario significa xeneixe. Identificación fundacional de cuando la Boca de hace un siglo era poblada por genoveses.

Sus cuadros exceden esa alusión y avanzan en todas direcciones. Cualquier tema que encare, cualquier atmósfera que capte, translucen la sustancia de una estética potente y goleadora. Es una intensidad brutal la de su pintura: una marca de fábrica que no se reproduce como otras para el mercado, sino que se transforma continuamente para que ni él mismo pueda imitarse.
No se puede escindir a Pérez Celis de la más alta categoría del arte. Menos, no integrarlo a Boca y a La Boca. Como lo está Quinquela. Son dos artistas distintos, emocionalmente iguales.

 
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Por Susan Larsen Ph. D.
 
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